Con las manos firmes, pero el corazón desbordado de emoción, Doña Olga Ortez de Bukele sostiene un calendario con la fotografía de su hijo. Lo mira como lo haría cualquier madre que ve reflejados en un rostro años de esfuerzo, desvelos y esperanza. “A la gente le encanta el calendario, y yo quería tener uno y me lo va a firmar el Presidente, también”, dice con una sonrisa cargada de ternura. No habla la figura pública, habla la mamá orgullosa.
En La Unión Norte, durante el inicio de la pavimentación de siete kilómetros de la calle El Sauce, su presencia no pasó desapercibida. Los habitantes la abrazaron, le agradecieron y le expresaron cariño sincero. Ella, conmovida, respondió desde lo más profundo: “Me llena de alegría poder saludarlos y saber que este sueño de la comunidad está en proceso de cumplirse”. Sus palabras no fueron preparadas; nacieron del sentimiento de ver transformaciones reales en la tierra que también es suya.
Para doña Olga, cada obra no es solo concreto y asfalto; es la confirmación de que el trabajo de su hijo, el presidente Nayib Bukele, tiene impacto en la vida de miles de familias. Y cuando habla de él, no lo hace desde la investidura presidencial, sino desde el amor más puro. “(Nayib) es un sueño del que nunca voy a despertar”, expresó con orgullo sereno, como quien aún se sorprende de la magnitud del camino recorrido.
En esa frase cabe todo: la fe de una madre, el recuerdo del niño que un día abrazó fuerte y la emoción de verlo hoy asumir grandes responsabilidades. En medio de aplausos, sonrisas y muestras de afecto, quedó retratada una escena profundamente humana: la de una mujer que no mide los logros en titulares, sino en el bienestar de la gente.
Porque, al final, detrás de cada líder hay una historia que comienza en casa. Y en la mirada de doña Olga se refleja algo que no necesita protocolo ni escenario: el amor incondicional que convierte los sueños de un hijo en el orgullo eterno de una madre.
