La madrugada del 1 de enero de 1984 no solo marcó el inicio de un nuevo año, sino también uno de los episodios más dolorosos para la infraestructura y la vida cotidiana de El Salvador. Ese día, la guerrilla del FMLN destruyó el puente Cuscatlán, una estructura fundamental que durante décadas había unido al centro del país con la zona oriental, permitiendo el paso del trabajo, el comercio y la esperanza.
El ataque no distinguió entre combatientes y población civil. Con la destrucción del puente, el oriente quedó prácticamente incomunicado, y con ello llegaron el silencio de los caminos vacíos, la angustia de los productores que no pudieron sacar su cosecha, la desesperación de familias separadas y la incertidumbre de quienes dependían de esa vía para acceder a salud, educación y sustento.
No fue un golpe contra un cuartel ni una acción defensiva. Fue un ataque directo a una arteria vital construida con el esfuerzo de generaciones, cuyo costo lo pagaron miles de salvadoreños ajenos a la confrontación armada. La guerra, una vez más, mostró su rostro más cruel: castigar a la población mediante la destrucción de lo que unía y daba vida.
La reconstrucción del puente tomó tiempo y recursos en un país ya golpeado por la violencia, pero las heridas sociales y emocionales tardaron mucho más en sanar. El puente Cuscatlán se convirtió así en símbolo de un pasado en el que la destrucción y el aislamiento fueron utilizados como estrategia, dejando atraso y dolor.
Hoy, más de cuatro décadas después, el contraste es evidente. La zona oriental vive un proceso de transformación profunda, impulsado por el Gobierno del Presidente Nayib Bukele, con inversión en infraestructura, conectividad, seguridad y desarrollo económico. Carreteras, proyectos estratégicos y mejores condiciones de movilidad reflejan un cambio de rumbo: del abandono y la destrucción, a la integración y el progreso.
Recordar esta efeméride no es abrir viejas heridas, sino condenar un hecho que nunca debió ocurrir y reconocer que El Salvador ha comenzado a caminar en sentido contrario, reconstruyendo no solo puentes de concreto, sino también la esperanza de una región que por años fue castigada por la guerra.
