El 13 de enero de 2001 amaneció como cualquier sábado, pero a las 11:33 de la mañana el tiempo se detuvo. Un terremoto de magnitud 7.7 sacudió el país y, en segundos, la vida de miles de salvadoreños quedó partida en un antes y un después.
El sismo, con epicentro frente a la costa salvadoreña, dejó heridas profundas en todo el territorio, pero fue en Las Colinas, Santa Tecla, donde el dolor se volvió imborrable. Un deslizamiento de tierra sepultó viviendas, sueños y familias enteras, dejando ausencias que aún hoy pesan en la memoria colectiva.
Aquel día no solo colapsaron casas y carreteras; colapsó la rutina, la calma y la certeza del mañana. Las cifras hablan de fallecidos y heridos, pero la verdadera tragedia se mide en hogares vacíos, nombres que ya no responden y silencios que todavía estremecen.
Sin embargo, en medio del polvo y el miedo, El Salvador mostró su rostro más humano. Manos desconocidas se unieron, vecinos se volvieron familia y la solidaridad emergió como un acto de resistencia frente al dolor.
Hoy, a más de dos décadas, esta efeméride se recuerda con respeto, nostalgia y recogimiento. Recordar el 13 de enero de 2001 no es solo mirar al pasado, es honrar a quienes ya no están y reconocer la fortaleza de un país que, aun cuando la tierra tembló, decidió seguir en pie.
🕊️ Porque la memoria también es una forma de reconstruir.
